Todo empieza por una obsesión
Hay una historia —seguro la conocés— sobre un hombre que podía reconocer el mundo entero con los ojos cerrados. El humo de una calle a la madrugada, la madera después de la lluvia, la piel de alguien a tres cuadras de distancia. Nada de eso se le escapaba, y nada de eso le alcanzaba: lo que buscaba era una fórmula capaz de detener el tiempo adentro de un frasco. Por ella cruzó media Europa hasta los campos de Grasse, donde las flores se juntan antes de que salga el sol porque una hora más tarde ya huelen a otra cosa.
Nosotros no llegamos tan lejos, y tampoco hace falta. Pero de esa obsesión nos quedamos con una idea que ordena todo lo demás: un perfume no se compra, se elige. Elegir lleva tiempo —oler, volver a oler al día siguiente, discutir, descartar—, y por eso nuestra lista es más corta de lo que podría ser.
Lo que queda en ella es lo único que recomendaríamos. Si alguna vez encontrás acá algo que nosotros no usaríamos, escribinos: nos equivocamos.